Foto de Jonathan Borba en Unsplash

Hoy en día, parece que estamos más conectados que nunca, pero en el fondo, muchos sentimos una soledad profunda. Como terapeuta, y también como humana, noto que hemos desarrollado un deseo enorme de ser amados, pero un miedo aún más grande a correr el riesgo de vincularlos de verdad... y digo de verdad, porque pareciera que las relaciones hoy en día cada vez son más superficiales, nos ponemos las máscaras y nos da miedo que nos despojen ellas, los mecanismos de defensa más arriba  que nunca y narrativas de amor propio que pareciera más una discurso egoísta cargado de omnipotencia. 

El refugio del "Yo" en la era de los vínculos líquidos

El sociólogo Zygmunt Bauman definía nuestra época como la de la "modernidad líquida". Decía que nuestros vínculos se han vuelto precarios porque priorizamos la libertad de "poder soltarnos" en cualquier momento por encima del compromiso de construir. En este escenario, el individualismo es el protagonista. Nos hemos creído el cuento de que la felicidad es un proyecto solitario y que "no necesitar a nadie" es el mandato social ahora de moda.

Sin embargo, como bien señala el terapeuta Joan Garriga, "vivir es vincularse". No somos islas. El amor propio es el cimiento, pero si convertimos ese amor en un búnker para que nadie nos moleste, terminamos construyendo una vida impecable pero profundamente vacía. El bienestar no es solo estar bien con uno mismo, sino tener la valentía de estar bien con otros y eso incluye, pareja, amigos, familia.

¿A qué le tenemos miedo realmente?

Vincularse con alguien es arriesgado. Conectar en profundidad duele de vez en cuando porque nos exige bajar la guardia. Siguiendo la visión de Garriga, amar y vincularse implica asentir a la realidad: aceptar al otro tal cual es, sin intentar cambiarlo para que encaje en nuestra fantasía. Vincularse hoy nos da miedo porque implica:


  • Soltar el control: Como dice el autor, "el amor es un salto al vacío". No puedes predecir qué hará el otro, y esa incertidumbre nos aterra.
  • Mostrarnos "sin filtro": En la intimidad, nuestras heridas quedan a la vista. Tememos que, si el otro ve nuestra sombra, se marchará.
  • Aceptar la imperfección: Preferimos la imagen brillante de las redes sociales porque la realidad de un ser humano de carne y hueso nos obliga a trabajar la paciencia y la humildad.
  • Hacer las paces con el dolor: Amar es tomar el riesgo a ser heridos, a reconocer que nos vamos a equivocar y que eso muchas veces va a doler, lo que nos llevará a recalibrar muchas cosas de la construcción que estamos haciendo. Como también aceptar que en el camino vamos a cambiar y eso también incomodará.

  • Hoy tratamos a las personas como si fueran productos de consumo. Si alguien nos incomoda, es más fácil "descartar" que reparar. Pero al huir de los problemas, también huimos de la posibilidad de sanar. Como dice la sabiduría sistémica, muchas veces lo que rechazamos del otro es aquello que no hemos resuelto en nosotros mismos.

    La valentía de bajar la guardia

    Vincularse hoy es un acto de rebeldía. Significa dejar de lado la armadura y permitir que lo que el otro hace o dice nos importe. No se trata de perder tu identidad, sino el permitirnos ser mientras a nuestro lado camina alguien más.

    Es un ejercicio constante de equilibrio entre el 'yo' y el 'nosotros'. Requiere desaprender muchas ideas que hemos integrado sobre el amor y permitir construir la propia. La verdadera conexión nace de la responsabilidad afectiva: hacerse cargo de lo que sentimos y de lo que provocamos en los demás. Ser rebelde hoy es tener conversaciones incómodas en lugar de desaparecer (ghosting), es establecer límites desde el amor y no desde el miedo, y comprender que ser vulnerable no es ser débil, sino ser auténticamente humano.

    Si sientes que tus relaciones son superficiales, intenta preguntarte con honestidad:

    • ¿Qué estoy protegiendo cuando pongo muros? ¿Es mi corazón o es el miedo a que me rechacen si descubren que no soy perfecto?
    • ¿Puedo mirar al otro y decirle "te veo como eres"? ¿O solo estoy buscando a alguien que llene mis vacíos? o ¿Estoy hablando desde mis proyecciones y expectativas?
    • ¿Estoy dispuesto a sostener la incomodidad de una charla difícil?
    • ¿Busco un espejo que me dé la razón o un ser humano con quien crecer?

    Para finalizar, me gustaría invitarte a rodearte de gente que te incomode, que te rete para descubrir partes de ti que permanecen ocultas en la comodidad de la sombra. 

    Rodéate de quienes no tengan miedo a cuestionar tus certezas, porque son ellos quienes te obligan a ampliar tu mirada. Si solo nos rodeamos de espejos que reflejan lo que ya sabemos, nos estancamos. La verdadera rebeldía está en abrazar esa fricción que nos pule, nos transforma y nos impulsa a ser, no una copia de nosotros mismos, porque entonces allí no habría espacio para el crecimiento. 

    Conectar no es encontrar a alguien que no tenga heridas; es encontrar a alguien con quien puedas mostrar las tuyas mientras ambos aprenden a caminar. La vida real ocurre ahí, en ese punto donde yo me animo a salir de mi escondite y tú te animas a salir del tuyo. Da miedo, claro que sí, pero como dice Garriga: "El amor nos hace grandes, y el miedo nos hace pequeños".

    Escrito por:

    Claudia F. García Álvarez

    Psicóloga y Psicoterapeuta Gestalt.