La ansiedad no es una avería en nuestro sistema; es, en esencia, una mensajera. Lo que ha venido a mostrarme —y a enseñarme— es precisamente aquello de lo que solemos huir con más premura: el encuentro desnudo con nuestra propia vulnerabilidad. Es un miedo que no solo se piensa, sino que se encarna, escondiéndose en lo más profundo de nuestra piel.

Desde que inicié mi camino acompañando a otros y, simultáneamente, sosteniendo mi propio proceso terapéutico, comprendí que la ansiedad no es una entidad ajena. Es una "visita" que todos recibimos en distintos momentos de la vida. Sin embargo, nuestra historia personal, cargada de mandatos y silencios, nos ha enseñado a invalidae nuestra angustia. Es vital distinguir que no toda experiencia ansiosa es patológica; muchas veces es una respuesta organísmica funcional y adaptativa. El miedo tiene la sagrada función de proteger nuestra existencia, aunque llegue cargado de una incertidumbre que el organismo busca desesperadamente resolver.

El problema surge cuando, en nuestro afán de no parecer "débiles", luchamos contra el síntoma, activando una cascada de respuestas físicas que nos desbordan. Olvidamos que toda experiencia es transitoria, que "esto también pasará". Pero nuestra urgencia de soluciones inmediatas nos lleva a negar la sensación, generando un efecto bola de nieve: aquello que no atendemos, crece; aquello que no nombramos, nos grita.

El síntoma como puerta: El dolor y la vergüenza

Aquí entramos en el terreno de lo que la Gestalt denomina "situaciones inconclusas". La ansiedad suele ser el velo que cubre un dolor antiguo o una vergüenza no tramitada. Nos desensibilizamos para no contactar con la herida, pero la ansiedad insiste, pidiéndonos que miremos "allí donde duele". Su intención es paradójicamente protectora: intenta blindarnos contra un pasado que nos marcó, manteniéndonos atrapados en un impasse donde el presente se desdibuja y el ayer se repite como un bucle infinito de escenarios y rostros distintos.

Cuando el piso se mueve: Mi propio proceso de contacto

¿Cómo reconocer el mensaje oculto? ¿Cómo saber que no es la situación actual la que me desborda, sino lo que subyace capas más abajo? La respuesta es tan sencilla como desafiante: quedarse.

Hace poco, la vida me puso frente a una crisis que movió mis cimientos. A mis 39 años, experimenté síntomas que nunca antes había habitado: insomnio, llanto, rumiación y una parálisis corporal que silenciaba mis herramientas profesionales. En ese momento, no quería "crecer" ni "aprender"; solo quería que el dolor me diera tregua. Pero muchas veces el dolor no negocia.

Al permitirme no huir, eventos del pasado se hicieron "figura". Una cuenta pendiente emergió con fuerza: el miedo al abandono y al rechazo se hicieron presentes, recorriéndome con un frío intenso que ya no podía ignorar. Decidí hacerme cargo de esa deuda emocional entablando un diálogo interno. Logré diferenciar quién soy hoy de quién fui ayer; reconocí a la mujer adulta que hoy puede elegir retirarse de donde no es valorada, validando qué es un hecho real y qué es una fantasía catastrófica. La escritura se convirtió en mi aliada para ampliar el campo y organizar el caos, permitiendo que la conciencia integrara lo que estaba roto.

El "Darse Cuenta": El camino hacia la integración

La Gestalt nos enseña que el alivio no viene de evitar, sino de contactar. Es en el "aquí y ahora" donde las señales del cuerpo se vuelven legibles. Como bien dice una colega: "No siempre lo que queremos es lo que necesitamos". Diferenciar ese deseo impulsivo de la necesidad real del organismo es el primer paso hacia la sanación.

A través del "darse cuenta" (Awareness), podemos identificar nuestros patrones repetitivos y mecanismos de defensa. Debemos preguntarnos: ¿Esto que hago para "cuidarme" todavía me es funcional, o es una respuesta obsoleta que necesita actualizarse? Al explorar estas formas neuróticas de contacto, dejamos de reaccionar para empezar a accionar con soberanía y calma.

Una invitación a la compasión

Para cerrar, te invito a que, en esos momentos donde el agua nos llega al cuello, evites el juicio punitivo. Las palabras de castigo son piedras en los bolsillos de quien intenta nadar. Mírate con la misma ternura con la que sostendrías a un ser amado. Date permiso para sentir y observarte con compasión. Solo al abrazar nuestra completitud —con nuestras luces y nuestras sombras— nos hacemos verdaderamente responsables de nosotros mismos. Al final del día, de eso se trata esta experiencia única que llamamos vida.

Escrito por:

Claudia F. García Álvarez

Psicóloga y Psicoterapeuta Gestalt en proceso


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March 28, 2023

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