Una hoja en blanco y con eso es suficiente -es ser todo y nada al mismo tiempo-

Hace meses asistí a un laboratorio de Gestalt. Esta vez yo no era la moderadora ni la guía; era una participante más. Confieso que se siente raro. Sin embargo, he aprendido con la experiencia y la práctica clínica que es vital saber ser asistente también, dejarse guiar. Para una mente tan controladora como la mía, resultó ser una práctica maravillosa para soltar y atravesar cosas que tenía desde hace un buen tiempo atoradas.

Sinceramente, no recuerdo cuál era la temática central, pero lo que sí tengo muy presente es la incomodidad que viví en ese espacio. No por las personas, no por los presentes, tampoco por los guías... sino por darme cuenta de lo incómodo que a veces es habitarme.

En esa ocasión, la invitación era trabajar con arcilla: moldear, crear. Mi primer pensamiento fue: «¡Genial, amo esto!», pero no imaginaba a lo que me iba a enfrentar.

  • Primer paso: "Cierren los ojos, conecten, respiren y observen".
  • Segundo paso: "Traigan a la mente un objeto que los identifique; no importa qué sea, simplemente lo primero que llegue".

En mi interior, con mi silencio como cómplice y sin que nadie se diera cuenta, yo buscaba angustiosamente formas que tuvieran profundidad y sentido. Obviamente tenían que tenerlo: iba a ser observada por mis colegas, por mis compañeros, aunque no hay nada más fantasioso que esto, pues en realidad nadie te ve como tu crees que te ven (esta es una distorción de nuestra realidad, una mala lectura que viene de nuestros miedos), es nuestro propio JUICIO, el más implacable y dominante. Finalmente opté por unas gafas, pues siempre llevo unas (de las más grandes y vistosas) pues percibo que refuerzan aspectos de mi personalidad.

  • Tercer paso: "Sostengan ese objeto con sus manos y entréguenselo a un compañero".

Este compañero debía recibir el objeto con el mayor de los cuidados, sin saber qué estaba recibiendo. Al final, todos quedamos con un objeto diferente al nuestro (un objeto inexistente, por supuesto, pues aún no usábamos la arcilla; trabajábamos puramente con la imaginación).

"Una de las herramientas terapéuticas en gestalt es trabajar con el imaginario, con él podemos darnos cuenta de nuestros deseos inconscientes, mecanismos de defensa, asuntos inconclusos y también los mandatos introyectados durante la experiencia"
Con lo anterior, busco aclarar porque  es tan importante lo que emergió luego de este experimento, todo lo que guardamos, ocultamos, evitamos y protegemos, hace parte de nuestro trabajo psíquico y lo que iba apareciendo a medida que avanzábamos con el ejercicio, estábamos dándole luz a la manera como nos percibimos a nosotros mismos y percibimos al mundo. 

La siguiente instrucción fue: "Con ese material imaginario, van a construir otro objeto, pero antes, tienen que destruirlo y amasarlo". Todos lo hicimos con asombrosa facilidad. Lo destruimos sin ser lo suficientemente conscientes de que estábamos interviniendo la creación de otro. No la mía, la de alguien más. No nos detuvimos en el valor que ese objeto podía tener para el compañero que lo entregó y que nosotros habíamos recibido con tanto cuidado.

De pronto, la moderadora nos hizo notar esto. Toda la sala se tornó en un silencio tenso y, para mí, sumamente incómodo. Nos mirábamos a los ojos con cierta vergüenza —o al menos así lo percibía yo—.

«Se nos hace más fácil construir sobre lo que otros dejaron, que empezar a construir desde lo que nosotros mismos iniciamos, pues en lo nuestro reconocemos la profundidad del proceso para llegar ahí, del otro lado lo desconocemos».

Al reflexionar en torno a esto, emergió la proyección. Cuando no hay un afecto o un significado previo frente a un estímulo neutro —como este objeto imaginario perteneciente a otro—, es sencillo deshacer y recomenzar. Pero si se trata de destruir y volver a empezar con lo propio, la resistencia aparece. Depositamos tanta emoción allí que fabricamos excusas para no dañarlo del todo. Al escribir esto, me doy cuenta de que esa es mi verdadera proyección: lo mucho que me cuesta soltar lo mío para pasar a otra cosa cuando algo parece ya no funcionar. Logor ver con claridad mis apegos, juicios y fijaciones; el ciclo de la experiencia interrumpiéndome en vivo. Todo estaba hablando de mi y de nosotros, de nuestras historias y del momento presente que transitamos.

Tras integrar lo sucedido, escucharnos y abrazarnos en la vulnerabilidad que floreció en el grupo, por fin nos entregaron la arcilla física. Podíamos construir lo que quisiéramos. Esta vez decidí moldear una vela con su candelabro. Nos pidieron darle un sentido, conectar con cómo ese elemento hablaba de nosotros. Emergieron descripciones hermosas en el grupo que me hicieron experimentar una maravillosa sensación de forma, estructura y poder.

Pero todo cambió cuando la instrucción se repitió: "Destrúyanlo de nuevo para crear otra cosa".

Cada uno con su pieza ya terminada, lista... Me enojé tanto. No quería hacerlo. Durante unos minutos me frustré, lloré. A pesar del bloqueo, decidí continuar, confiando ciegamente en que llegaría a buen puerto.

Y fue ahí cuando pasó: me quedé en blanco. No supe qué más hacer. Me hallé frente a la arcilla paralizada sin saber qué sentido darle ¿Nos pasada en la vida no?

Cuando el tiempo se agotó y llegó el momento de compartir la nueva creación, el miedo me invadió, no tenía nada para mostrar, pero finalmente decidí hacer como me sentía y percibía mi mente en ese momento -en blanco-. Lo único que alcancé a modelar fue un cuadrado que simbolizaba una hoja en blanco y un lápiz. Cuando se abrió el espacio para hablar y compartir nuestras experiencias, no quería abrir la boca; sentía vergüenza. Miraba a mi alrededor y todos tenían creaciones preciosas, cargadas de símbolos y profundidad. Y yo... yo solo era una hoja en blanco.

Sin embargo, al escuchar a mis compañeros y permitir que llegara mi momento de hablar, el darse cuenta me impactó en el cuerpo: eso es exactamente lo que necesito y necesitaba ser. Una hoja en blanco. Una superficie lista para ser intervenida, abierta y dispuesta; sin tinta ni color predeterminado, esperando pacientemente a que lo plasmado allí sea el testigo genuino de un proceso, de una idea, de un recurso que simplemente necesitó salir, mostrarse y tomar forma.

A veces me cuesta habitar ese vacío. Han sido muchos los aprendizajes introyectados que ha costado desaprender; estructuras que se instalaron como manchas de tinta que parecen no irse, dejando una marca difícil de corregir. Difícil, pero no imposible. Hoy sé que de esa misma mancha pueden brotar flores, nubes o texturas nuevas. El fondo puede ser transformado, resignificado e integrado a la vida desde la perspectiva del aquí y ahora. Al final, soy yo quien le otorga el sentido a todo lo que ocurre en ese espacio. Porque en este continuo de la existencia, solo estamos ella, el lápiz y yo.

En este espacio me permití y atravecé el vacío, ese del que tanto huímos, quisiera escribirlo en primera persona para responsabilizarme de ello, así mismo como lo enseño a mis consultantes, pero la verdad es que percibo que esta experiencia es compartida, tenemos mucho miedo de no ser algo imporante, no crear algo de valor, de ser olvidados, se no dejar huella, tener un propósito y un puerto a donde llegar, como si estar aquí ya no fuera un fin mismo, como siempre lo digo en consulta...
No hay propósito más grande que aprender a vivir y habitar la vida, esa ya es una tarea lo suficientemente grande. 


Escrito por:

Claudia F. García Álvarez

Psicóloga y Psicoterapeuta Gestalt.