Tal vez este título te sorprenda o tal vez no, y hoy quiero contarte de dónde viene todo esto. Soy psicoterapeuta y también paciente: cada mes me encuentro con mi terapeuta y he estado en ese rol (paciente) en múltiples ocasiones. A lo largo de mi vida no me ha acompañado un solo profesional, sino varios que han formado parte de mi proceso. Viéndolo desde esta perspectiva, cada terapeuta llega hasta donde nosotros se lo permitamos o hasta donde nos sintamos con la seguridad suficiente para contar y compartir, pues la alianza terapéutica es un vínculo que se construye progresivamente a través de la responsabilidad, el cuidado, la paciencia, el compromiso, la compasión y el respeto. De hecho, suelo recordar una pregunta que nos hizo en su momento un mentor de mi grupo de supervisión clínica: «¿Cuándo se convierte realmente el paciente en paciente?». En aquel momento surgieron diversas respuestas, aunque considero que no son las únicas. Es una inquietud que de vez en cuando me vuelve a visitar y me invita a aterrizar y reflexionar sobre los casos que acompaño.

Cuando llegamos a la primera sesión, no solo entra con nosotros el motivo de consulta; también vienen con él expectativas, deseos y demandas que anhelan ser resueltos en el menor tiempo posible, pues la incomodidad y el malestar que generan son los que nos han traído hasta aquí. En consecuencia, lo que esperamos es que se nos quiten ese sufrimiento —si es que existiese alguna vía rápida para lograrlo—, ya que muchas personas buscan un resultado, pero pocas desean atravesar el proceso. La vía terapéutica implica esfuerzo, acciones, compromiso, responsabilidad e incomodidad; y si hay algo a lo que los seres humanos hemos aprendido a huirle, es justamente a lo incómodo y displacentero. Esto no ocurre por flojera, debilidad o incapacidad, aun cuando la frase «es que no soy capaz» sea tan frecuente en el espacio terapéutico. Lo que sucede realmente es que una de las funciones primordiales de nuestro cerebro es mantenernos a salvo, por lo que cualquier estímulo interpretado como amenazante o desestabilizador nos lleva a buscar una respuesta rápida que nos haya funcionado en el pasado, apelando a la memoria contextual almacenada en el hipocampo.
Sin embargo, cuando finalmente decidimos dar el paso y buscar la ayuda de un profesional para sobrellevar este malestar, se debe a que la incomodidad nos está superando. Si bien no ocurre en todos los casos, sí afecta a una gran parte de la población: puede manifestarse como un estado de burnout, una separación o la pérdida de algo significativo; en pocas palabras, algo cambió y ya no hay nada ni nadie que se haga cargo de esa situación salvo uno mismo. Es en ese instante cuando emprendemos la búsqueda de recursos internos, precisamente porque lo de afuera dejó de funcionar.
Al acudir a la primera sesión, comienzas a darte cuenta de aquello sobre lo cual es necesario que te hagas responsable tú, y no otra persona. Es allí donde emergen las resistencias y se activan mecanismos de defensa y bloqueos que vuelven el camino algo incómodo, pues la terapia, por naturaleza, no lo es. A pesar de esto, existe una certeza fundamental: si bien no resulta sencillo empezar a ejecutar acciones opuestas y distintas a las que llevamos años repitiendo, a lo largo de la vida hemos logrado afrontar multitud de retos difíciles y novedosos, lo que demuestra que es perfectamente posible lograrlo. Por otro lado, conviene tener en cuenta que cada persona cuenta con recursos distintos para enfrentar la vida, lo que marca una gran diferencia en la forma en que debe desarrollarse dicho proceso. Aparecerán mandatos y «deberías» que no aportan nada y solo entorpecen el ritmo, el cual es estrictamente personal. Intenta no compararte con procesos ajenos, pues hacerlo puede llevarte a sentir que lo que haces no es suficiente o que siempre falta algo más —como si te faltara el centavo para el peso—, induciéndote a combinar múltiples caminos sin saber en realidad qué está funcionando y qué no, lo que termina alimentando la fantasía y la neurosis que sostienen el síntoma.
A medida que avanzamos y aprendes más sobre ti, te das cuenta de que existen aspectos de tu personalidad desarrollados a lo largo de tu historia que cumplen una función muy importante y que tal vez no están listos para ser abordados. No se trata de complacencia, sino de funcionalidad; es decir, hay estructuras cognitivas y comportamentales que siguen teniendo una razón de ser y que persistirán hasta agotarse o hasta que encuentres alternativas más funcionales y adaptativas. Todo esto debe ocurrir de forma gradual, sin forzar, presionar ni castigar, entendiendo que la comprensión es el mejor camino para la integración y que, a veces, dicha comprensión no llega de manera inmediata.
Ahora bien, cuando existen elementos internos o externos que no están listos para cambiar y nos resistimos a ello, o cuando intentamos controlar lo ajeno a nosotros, nos queda el camino de la aceptación. Aceptar significa hacernos responsables de las elecciones más conscientes que estamos realizando, lo que posibilita una disminución progresiva de la queja. Como somos un todo integrado, al atravesar este proceso las cosas empiezan a transformarse: surgen reajustes inesperados y, sin obligarte a nada, todo comienza a fluir de otra manera. Se libera espacio psíquico, se reduce el agotamiento mental y puedes enfocar tu atención en otros aspectos, cambiando así tus prioridades y tus posibilidades.
Finalmente, todo empieza a moverse. Te mueves tú, y no hay nada más poderoso que el movimiento. Cuando no logres salir de tu cabeza, pon la atención en el cuerpo: cambia de actividad, ponte de pie, descubre un nuevo pasatiempo, sal a caminar, canta, baila, habla a solas o llama a una amiga. El acto de moverse y tomar acción es revolucionario para la transformación: romper para reencuadrar.
Escrito por:
Claudia F. García Álvarez
Psicóloga y Psicoterapeuta Gestalt.